Este 23 de agosto se cumplen 95 años de la ejecución en la silla eléctrica de los trabajadores anarquistas italianos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, acusados por la justicia estadounidense de crímenes que no habían cometido, en uno de los procesos más escandalosos, irregulares, reaccionarios y abiertamente clasistas de la historia judicial.

Tan brutal fue la condena y tan evidente su injusticia que hasta la gobernación de Massachusetts, el estado donde se llevó a cabo la farsa de juicio, debió reconocer al cumplirse 50 años de la ejecución que “cualquier deshonor” que hubiera caído sobre Sacco y Vanzetti “debería ser para siempre borrado de sus nombres”.

Los dos trabajadores (Vanzetti era pescadero y Sacco zapatero) fueron detenidos el 5 de mayo de 1920, acusados de múltiples delitos. En medio del “Miedo rojo” que convulsionaba a los Estados Unidos con sentimientos de odio hacia inmigrantes y militantes revolucionarios durante una primera posguerra signada por durísimas huelgas de trabajadores por mejorar sus dramáticas condiciones de vida, con una alta participación de europeos anarquistas y socialistas (como también pasó en nuestro país en el mismo momento histórico), Sacco y Vanzetti resultaron víctimas propiciatorias por su adhesión al grupo del anarquista italiano Luigi Galleani, editor de Cronaca Sovversiva (Crónica Subversiva), un periódico revolucionario ácrata que promovía abiertamente la utilización de métodos de lucha violenta, que incluían armas de fuego y explosivos.

Los hechos de los que se los acusó fueron un intento de robo en la localidad de Bridgewater durante la Nochebuena de 1919 y el robo de 15 mil dólares de la Slater-Morrill Show Company de South Braintree el 15 de abril de 1920. En un primer juicio centrado en el robo, Sacco y Vanzetti fueron condenados a entre 12 y 15 años de prisión por el juez Webster Thayer, quien no se privó de manifestar su hostilidad durante todo el juicio, definiéndolos como “bastardos anarquistas”. El segundo juicio por los dos asesinatos durante el asalto de South Braintree, en el que Thayer logró también imponerse como juez, el magistrado contó con la ayuda del inescrupuloso fiscal Frederick Katzmann para montar una de las mayores farsas judiciales de la historia, que concluyó en una condena a muerte por asesinato en primer grado (un crimen capital en Massachusets), desconociendo las coartadas y las decenas de testimonios que ubicaban a Sacco y a Vanzetti lejos del lugar de los crímenes. Avalando el proceso amañado, la Corte Suprema de Massachusetts y la de los Estados Unidos no hicieron lugar a las apelaciones a las que los acusados tenían pleno derecho.

Tras la farsa del primer juicio, donde los abogados de los detenidos les habían recomendado negar su identidad política, el nuevo abogado Fred H. Moore, reputado defensor de trabajadores contratado por sus correligionarios anarquistas, eligió poner en el centro la denuncia del carácter explícitamente político del juicio, que buscaba sentar un castigo ejemplar contra la agitación revolucionaria sin preocuparse por respetar el debido proceso. Así, Sacco y Vanzetti pronunciaron vibrantes alegatos reivindicando su compromiso revolucionario por el fin de toda opresión e la injusticia y las apelaciones que probaron la manipulación de pruebas, coacción de testigos e irregularidades de todo tipo lograron ir postergando la ejecución durante casi siete años.

“No le desearía a un perro o a una serpiente, a la criatura más baja y desafortunada de la tierra, lo que he sufrido por cosas de las que no soy culpable. Pero mi convicción es que he sufrido por cosas de las que soy culpable. Estoy sufriendo porque soy un radical, y sí soy un radical; he sufrido porque soy italiano, y sí soy italiano… Si me pudieran ejecutar dos veces, y si pudiera renacer dos veces, viviría de nuevo todo lo que ya he vivido”, afirmó en abril de 1927 el siempre lúcido Vanzetti, que había aprovechado sus años de prisión para formarse más profundamente en la teoría revolucionaria.

En el mismo sentido, añadió: “Lo que yo digo es que soy inocente. Que no sólo soy inocente, sino que en toda mi vida, nunca he robado, ni he matado, ni he derramado sangre. Esto es lo que yo quiero decir. Y no es todo. No sólo soy inocente de estos dos crímenes, no sólo que nunca he robado, ni matado, ni derramado sangre, sino que he luchado toda mi vida, desde que tuve uso de razón, para eliminar el crimen de la Tierra. Ahora, tengo que decir que no sólo soy inocente de todas esas cosas, no sólo no he cometido un crimen en mi vida; algunos pecados sí, pero nunca un crimen; no sólo he luchado toda mi vida por desterrar los crímenes, los crímenes que la ley oficial y la moral oficial condenan, sino también el crimen que la moral oficial y la ley oficial no condenan y santifican: la explotación y la opresión del hombre por el hombre. Y si hay alguna razón por la cual yo estoy en esta sala como reo, si hay alguna razón por la cual dentro de unos minutos va usted a condenarme, es por esa razón y por ninguna otra”.

Mientras tanto, la campaña mundial por la libertad de Sacco y Vanzetti crecía, con permanentes movilizaciones y huelgas en distintos países del mundo para exigir su libertad. En Argentina en los años 1926 y 1927 se registraron masivas protestas, movilizaciones y paros, que marcaron también la última gran campaña común de activistas socialistas, comunistas y anarquistas. No era extraño encontrarse en distintas ciudades de nuestro país con miles de trabajadores y tribunas donde de pedía por la libertad de los italianos en varios idiomas. Además de agitar a varias ciudades estadounidenses, se registraron actos masivos, disturbios y huelgas también en ciudades como Londres, Ginebra, Ámsterdam, Johannesburgo y Tokio. En París la embajada estadounidense fue sitiada por los manifestantes.

La agitación fue tal que la campaña por la libertad de Sacco y Vanzetti fue sumando a reconocidos intelectuales de izquierda como Dorothy Parker, Edna St. Vincent Millay, Bertrand Russell, John Dos Passos, Upton Sinclair, George Bernard Shaw y H. G. Wells, quienes pedían la anulación de la sentencia previa y la realización de un nuevo juicio sin irregularidades, partiendo de la correspondiente presunción de inocencia.

El 8 de abril de 1927 el tribunal ratificó la condena a muerte, lo que generó una oleada mundial de indignación y obligó a la Justicia a conformar un comité para reevaluar el caso, que finalmente terminó confirmando la sentencia. Ya sin alternativas legales, ambos difundieron un texto para los millones de activistas que habían luchado por su libertad: “Queridos amigos y compañeros del Comité de defensa. Mañana, inmediatamente después de la media noche, deberemos morir en la silla eléctrica. No tenemos ya ninguna esperanza (…) Hemos decidido, por eso, escribir esta carta para expresar nuestro reconocimiento y admiración por todo lo que habéis hecho en favor de nuestra defensa en estos siete años, cuatro meses y once días de lucha. El hecho de que hayamos perdido y que debamos partir, no disminuye para nada nuestra actitud y nuestra apreciación de vuestra conmovedora solidaridad hacia nosotros y nuestras familias. Amigos y compañeros: ahora que la tragedia de este proceso toca a su fin, unamos nuestros corazones, nuestros errores, nuestras derrotas, nuestra pasión, para las batallas futuras, para la emancipación final. Unamos nuestros corazones en esta hora, la más negra de nuestra tragedia. Armaos de valor, saludad a los amigos y a los compañeros de todo el mundo. Os abrazamos a todos y os damos el último adiós, con el alma desgarrada, pero llena de amor. Ahora y siempre un viva a todos nosotros, un viva a la libertad. Vuestros en la vida y en la muerte”.

En sus últimos momentos, también dedicaron un tiempo a agradecer el compromiso del pueblo argentino: “Nosotros deseamos decir a los compañeros, a los amigos, al pueblo argentino, que sabemos cuán grande, sublime y heroica es su solidaridad hacia nosotros. Sabemos que habéis dado el pan y el reposo vuestro, vuestra sangre y vuestra libertad por nosotros. Sabemos que hubo quien dio su vida por nosotros. Vuestro sacrificio heroico nos sostiene el ánimo dándonos la certeza de una victoria final del proletariado. Nosotros saludamos a quien lucha por nosotros; a quien está preso por nosotros; a quien ha muerto por nosotros. Compañeros, amigos, pueblo de la Argentina: nosotros morimos con ustedes en el corazón. Y que ninguno de vosotros se desaliente, que ninguno vacile, que ninguno pierda el ánimo, cuando os llegue la triste nueva de nuestra muerte; que ella no os espante. Dos caídos más: ¿Y qué? Otros ocuparán nuestros puestos, más resueltos y numerosos que nunca. En alto los corazones: ¡viva la anarquía y la revolución social!”.

En su alegato final, antes del fallo que rechazaría todos los planteos para evitar la pena capital, el pescadero anarquista levantó el nombre de su amigo, más parco, para la historia. Sus palabras fueron incluidas en la Antología de la Poesía Moderna que compiló 1946 el poeta y crítico Selden Rodean, que incluía textos de Dylan Thomas y E. E. Cummings, dándole forma de versos (la versión castellana es traducción de Augusto Monterroso).

“Pero el nombre de Sacco vivirá
en el corazón de la gente y en su gratitud
cuando los huesos de Katzmann
y los vuestros hayan sido dispersados por el tiempo;
cuando vuestro nombre,
vuestras leyes e instituciones
y vuestro falso dios
sean apenas el borroso recuerdo
de un pasado maldito en que el hombre
era lobo del hombre.
Si no hubiera sido por esto
yo podría haber gastado mi vida
hablando en las esquinas a gente burlona.
Podría haber muerto inadvertido, ignorado, un fracaso.
Ahora no somos un fracaso.
Ésta es nuestra carrera y nuestro triunfo.
Nunca en toda nuestra vida pudimos esperar
hacer tal trabajo
por la tolerancia, por la justicia, por la comprensión
del hombre por el hombre
como ahora lo hacemos por accidente.
Nuestras palabras, nuestras vidas,
nuestros dolores… ¡nada!
La toma de nuestras vidas
-vidas de un buen zapatero y un pobre
vendedor ambulante de pescado-
¡todo! Ese último momento nos pertenece:
esa agonía es nuestro triunfo”.

Al cumplirse 95 años de la brutal e injusta ejecución en la silla eléctrica, un día de luto para trabajadorxs de todo el mundo que entienden que sus intereses comunes se pueden y deben entrelazar por sobre las fronteras nacionales, la profecía del pescadero se muestra más vigente que nunca y, mientras los huesos de los verdugos, de los perros guardianes del capital, son menos que polvo en el viento, los nombres de Sacco y Vanzetti siguen vivos en nuestros corazones.